Wiki Aizara
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La puerta de la taberna se abrió de forma brusca y sus viejos goznes chirriaron anunciando la llegada de otro asiduo a aquel antro. Pese al espeso silencio que se hizo de repente y que indicaba sin lugar a dudas que el recién llegado no era un cualquiera, no me giré para mirar. No lo necesitaba. Su imagen se reflejaba con nitidez en el ventanal que tenía frente a mí. Alguien como yo jamás debe sentarse de espaldas a una puerta y, si lo hace, ha de tomar ciertas precauciones al respecto. Uno nunca sabe cuándo intentarán matarle.

Miré con atención al cristal para distinguir los rasgos de quien, con paso decidido, parecía estar acercándose a mí, caminando entre los parroquianos que se apartaban a su paso. Un hombre alto, de cabello oscuro y facciones endurecidas. Su rostro bien podría estar esculpido en mármol, pues su expresión no se veía turbada bajo circunstancia alguna. Tenía el mentón afilado y la nariz alargada; unas cejas negras y bien definidas, y unos ojos tan claros y cristalinos como el agua más pura. Si era cierto eso de que son el espejo del alma, el color de los suyos estaba muy lejos de la realidad, ya que poseía en su ser la negrura más absoluta de cuantas haya habido en las almas de los hombres.

El individuo en cuestión tenía por nombre Derian, y al reconocerlo sentí un escalofrío recorriendo mi espalda; un acto mecánico que padecía todo aquel que lo tuviese cerca. Aunque a veces bastaba con conocer su existencia, pues había inspirado toda clase de relatos macabros, repletos de sangre y muerte, y en los llantos de viudas y huérfanos resonaba su nombre acompañado de una maldición. Pero ¿qué otra cosa cabría esperar del fundador y Maestro del Gremio de Asesinos y Ladrones?

Tan “ilustre” institución, afincada en la infame isla de Ledaria, a pesar de tener poco más de veinte años de existencia, siempre ha estado bien estructurada y regida por una férrea disciplina. De no ser así, y teniendo en cuenta el carácter de quienes la conforman, hace mucho tiempo que habría acabado sumida en un caos absoluto.

Derian dirige el cotarro desde sus inicios y bajo sus órdenes tiene un montón de adeptos que le sirven de forma incondicional; gente que por mucho que crea tener una posición privilegiada, no son otra cosa que obedientes lacayos. Por un instante me pareció que sus ojos encontraban los míos en el reflejo; el vello de la nuca se me erizó y noté mi boca seca. Odiaba todos esos espasmos provocados por su presencia y di un trago a mi cerveza con el fin de aliviarlos. Por suerte para mí, él encaminó sus pasos hacia otro de los presentes, un hombre que se apostaba en la barra y que yo conocía bien. Se llamaba Roan y hacía las veces de padre conmigo. Cabe decir que la palabra le venía grande y el concepto paternidad también. Ese vínculo solo era para él una forma más de aplicar su violencia sobre mí y de justificarla. Hacía lo mismo con mi madre, a quien había llevado por la fuerza a Ledaria, años atrás, y obligado a trabajar en el burdel. Algunos decían que yo no podía ser hijo de Roan, y que mi padre bien podría ser cualquiera de los que apuraban sus jarras en aquella taberna, o incluso de quien se las servía. Por una parte me gustaba pensar que así era; lo prefería a tener que cargar con el hecho de que mi padre me tratase como si no valiera nada. Por la otra, me traía sin cuidado. La única que me importaba era mi madre. Había sido quien me había dado todo su cariño en un mundo gris y adverso, y me había convertido en quién era: una luz en medio de las sombras. Yo no podía más que admirar su fortaleza, valentía y honestidad. Cosas que en Ledaria escaseaban.

Derian y Roan cambiaron de posición hasta situarse en un rincón de la sala. Hablaron entre ellos, de forma pausada y poco enfática. No podía oírlos, pero sus labios se movían despacio. Pese a que se conocían desde hacía tiempo, las miradas que se dedicaban tenían el carácter receloso de quien observa a un desconocido por primera vez en un callejón oscuro en plena noche. Derian tomó un trago de la cerveza que el tabernero, sin que él la hubiera pedido, le sirvió. Ese maldito era un animal de costumbres, y bebía lo mismo cada día a la misma hora. Tras un rato de conversación, dos tragos más y un asentimiento de cabeza, vi a mi padre caminar con paso decidido hacia mí, mientras su interlocutor abandonaba el lugar bajo las furtivas miradas de todos: nadie se habría atrevido a mirarlo directamente.

Mi atención se desvió hacia mi padre, que acababa de sentarse al otro lado de la mesa y me observaba de forma detenida. Estudié su gesto en busca de alguna señal que me indicara el motivo de su presencia allí, pero no la encontré. Sin embargo, al contemplarlo, constaté una vez más que no nos parecíamos en nada. Él era rubio y yo moreno. Sus ojos eran castaños y grandes, y los míos de un azul intenso, rasgados. Roan tenía la nariz chata y los labios gruesos; en mí ambas cosas eran finas. Mientras que sus facciones eran redondeadas, yo las tenía perfiladas. Cuando mi mentón se tensaba, los huesos de mi mandíbula lo enmarcaban, confiriéndome un aspecto rudo; pero en el caso de mi padre, por mucho que apretara los dientes, su rostro no dejaba de conservar un aire bonachón. Hecho ciertamente contradictorio, pues era uno de los seres más perversos que hubiera caminado jamás bajo el sol de Luara.

Respondí a su insistente mirada con un alzamiento de cejas. Tal vez esperaba ese saludo, o quizá intentase adivinar mis pensamientos. De haberlo hecho se habría complacido al saber que estaba pensando en él como en la encarnación del mal. Con permiso de Derian, claro. Al fin se decidió a hablar.

—Tengo un encargo para ti —dijo casi en un susurro, de modo que tuve que afinar el oído para no perder su voz entre el resto de ruidosas conversaciones. La palabra «encargo», viniendo de él, implicaba una vida sesgada; el fin de alguien que de seguro tenía sueños y esperanzas. Algunos piensan que toda existencia, por infame que sea, debe ser respetada; que la vida es un bien sagrado adscrito a las normas divinas. Otros, que las leyes humanas pueden dirimir sobre ella. Para Derian y sus acólitos toda vida es prescindible, y su fin, negociable. Un fin que está marcado por el oro o los intereses del gremio, en el que, una moneda arriba o abajo, puede suponer una gran diferencia. Tomé aire y me preparé mentalmente para preguntarle por la misión.

—¿De quién se trata esta vez, Roan? —Hubo una sola vez en mis veintitrés años de vida que me atreví a llamarle padre. Todavía conservo el recuerdo de aquel día en forma de cicatriz en mi costado.

—La hija de Palas Tríanor —respondió.

Aunque sentí unas ganas terribles de resoplar cuando escuché aquello, me guardé de hacerlo. Tal gesto habría sido considerado como una falta de respeto, y él no habría dudado en castigarme por ello, aunque yo tuviera motivos más que de sobra para mostrarme abrumado. Palas Tríanor era el Rey de Ardacia, el más prestigioso de los países de Luara. La trascendencia del encargo podía posicionarme en una situación complicada si no conseguía cumplirlo con éxito. Matar a una princesa no era moco de pavo. Y tan jugosos como un muslo de esto último debían de ser los motivos por los que querían acabar con ella, así que le pregunté a mi padre por qué. No cuestionando su orden, claro, sino porque necesitaba conocer las motivaciones de lo que se me encomendaba. En sus manos quedaba dar por zanjada la conversación con un simple «Haz lo que se te ordena», o continuarla entrando en detalles. Ambas cosas habían pasado a partes iguales desde que recordaba, por lo que no tenía nada que perder si preguntaba. En esta ocasión, tras alzar una ceja de forma casi imperceptible, contestó:

—Ya sabes que Ardacia lleva años enfrentada con Tradesios.

Asentí, y repasé mentalmente los detalles del conflicto. El Reino de Ardacia está situado en el meridiano del continente. Su extensión es tal que ocupa la franja central del mapa, cruzándolo de costa a costa. Su capital, del mismo nombre, se halla en la costa sur, y posee la ciudad y el puerto más grandes de toda Luara. Yo poco sabía de ella, pues jamás había estado allí, pero quienes la habían visto contaban que la base de sus altas murallas blancas 15 se hundía en el mar, haciendo que se reflejaran en las aguas como un eterno y hermoso paisaje pintado al óleo. También decían que la ciudad vivía de la nobleza, y que esta a su vez vivía del arte, alimentándose de él y absorbiendo gota a gota todo cuanto este podía ofrecerle: música, pintura, danza... El dinero que aquello costaba, por supuesto, salía de las espaldas de los campesinos que laboraban de sol a sol en los campos de los terratenientes, mientras ellos disfrutaban de tales placeres. Ardacia tenía de todo: mar donde pescar, montañas de las que extraer mineral, ríos para abastecerse de agua, campos en los que cultivar y criar ganado... por lo tanto era autosuficiente. Y eso era lo que la había convertido en la gran capital del continente. Tradesios, sin embargo, sí que necesitaba de otras ciudades para su propia subsistencia. Se levantaba al este de Ardacia y, aunque tan solo la había visitado una vez en mi vida, bastó para sorprenderme, pues en comparación con Ledaria, Tradesios parecía obra de los Dioses. No tanto por su hermosura, sino por lo ordenado de sus construcciones. Quienes la erigieron habían sido metódicos hasta el punto de hacerla completamente cuadrada. La ciudad estaba cercada por una gruesa muralla, con cuatro altos torreones en cada uno de sus extremos, y era muy difícil perderse, por no decir imposible, pues sus calles eran amplias y discurrían de forma paralela unas a otras, siendo cruzadas por avenidas más anchas, haciendo que los edificios quedaran entre ellas formando celdas. Supongo que el trazado de la ciudad era una muestra palpable del carácter sistemático y calculador de sus habitantes, que eran en su gran mayoría mercaderes. En Tradesios se movía mucho dinero, muchísimo. Tanto que, si todos los comerciantes comenzaran a apilar sus monedas una encima de otra, sobrepasarían las nubes. Y no, no estoy exagerando. Pero por muy idílica que pudiera parecer a simple vista la coexistencia entre ambos reinos, había algo que los mercaderes necesitaban y que solo Ardacia tenía: paso libre hacia el oeste. Y dado que la capital de Luara controlaba todos y cada uno de los caminos hacia allí, los comerciantes se veían obligados a hacer sus trayectos en barco para librarse de los abusivos impuestos que Ardacia cobraba por recorrerlos.16 Esto planteaba un grave problema: la imposibilidad absoluta de comerciar en invierno, dado que el Mar del Norte y el Gran Océano eran muy peligrosos en esa época del año. En contra de las fuerzas de la naturaleza nada podía hacerse, de modo que Tradesios decidió plantar cara a Ardacia, y pedirle una bajada de impuestos a cambio de ciertos favores o rebajas en los productos de la ciudad. Como era de esperar, la orgullosa capital se negó, sabiendo que obtendría más beneficios cobrando los impuestos que llegando a acuerdos. Esta decisión provocó tanta tensión que de todas partes llegaron las noticias de una guerra inminente entre ambos reinos y, dado el potencial bélico que poseían las dos, toda Luara se echó a temblar; pues Ardacia tiene el ejército más grande y mejor equipado del continente, y Tradesios puede comprar a cuantos mercenarios requiera. Después de que, en un último intento por llegar a una conciliación entre ambas ciudades, los reyes y diplomáticos de ambos reinos y otros mediadores se reunieran durante meses, se llegó a un acuerdo: debían firmar un pacto de no agresión con su conveniente tratado comercial, y sellarlo prometiendo en matrimonio al príncipe de Tradesios con una de las princesas de Ardacia. Llegados a aquel punto, ya suponía el motivo por el que el gremio quería quitársela de en medio. Con su muerte, el conflicto estaría servido de nuevo. Como si pudiera leer mis pensamientos, mi padre habló:

—Tu misión es matarla y encargarte de que todo apunte a una traición por parte de los tradesios.

Lo miré receloso. Aquello era una conspiración en toda regla.

«Tal vez demasiado para alguien como yo», pensé.

Llegados a este punto, creo que va siendo hora de abordar una cuestión bastante significativa: lo que era, o mejor dicho, a lo que me dedicaba. Repasando los hechos narrados la respuesta parece fácil: era un asesino. Pero las cosas no siempre son tan sencillas como aparentan y pertenecer al gremio no me convertía en uno de ellos de forma automática. O al menos eso era lo que llevaba pretendiendo desde que me obligaron a unirme a él. Un día fui uno de esos jóvenes con buena forma física y aptitudes que había decidido no mezclarse con los asuntos de Derian y unirse a la milicia de Ledaria. Allí acabábamos todos los que carecíamos de la sangre fría necesaria para cumplir sus órdenes, o simple y llanamente, aquellos que sentíamos un profundo asco por los asesinos. No era que no nos gustasen, sino que nos gustaban más cuando estaban muertos. Era una tortura saber que al final me había convertido en lo que más he odiado siempre, pero cuando Derian se fija en tus habilidades y te obliga a elegir entre unirte al gremio o ver la sangre de tu madre derramándose por su daga, creo que la respuesta se da por sentada. A veces las decisiones se toman por una mera cuestión de supervivencia.

Desde entonces, había sabido apañármelas para fingir una vida y construir una mentira a mi alrededor. Y aunque mis principios me han puesto en una difícil tesitura desde que Derian clavó sus ojos en mí, prefería arriesgarme que ser como él o sus lacayos. Así que, si me ordenaba que matase a alguien, conseguía llegar a un acuerdo con la “víctima” para que desapareciera durante algún tiempo o cambiase de vida. La perspectiva de una segunda oportunidad es una forma ágil de comprar voluntades y silencios. A mí, con que los ledaritas en general, y Derian en particular, creyeran que había muerto, me bastaba. Si la misión requería hacerse con un valioso objeto acabando con la vida de su propietario, robaba el objeto pero me ocupaba de que el golpe que asestaba al dueño solo lo dejara inconsciente y con un tremendo dolor de cabeza al despertarse. Prefería pedir disculpas por mi fracaso que dejar un cadáver. Pero incluso así, detestaba cuanto hacía y no entendía por qué otros no. Supongo que si durante toda tu vida te enseñan un modo de ver las cosas, es bastante probable que solo seas capaz de mirar a través de ese cristal.

Volviendo al asunto del encargo, me pregunté por qué me daban a mí ese trabajo. Siempre había tenido objetivos menores, y teniendo en cuenta la cantidad de asesinos que hay en Ledaria mucho más curtidos y hábiles que yo, ¿por qué no lo hacía alguno de ellos o, ya puestos, Roan en persona? La respuesta me llegó más rápido de lo que había imaginado. Si algo salía mal, yo era prescindible. En ese momento tragué saliva.

—¿Dudas? —soltó mi padre mirándome a los ojos.

Me había pillado. No pude, aquella vez, ocultarle mis emociones. Me apresuré a negar con rapidez y énfasis, y él pareció sonreír. Aunque por la forma en la que lo hizo tal vez tuviera algo metido entre los dientes.

—Ve a ver a Derian de inmediato —ordenó mientras se levantaba—. Te está esperando.

Asentí por segunda vez aquella noche y observé como mi padre salía de la taberna, seguido también por las miradas de los presentes. Cuando la puerta se cerró tras él, volví a prestar atención a la jarra de cerveza que tenía olvidada frente a mí. Sentía la garganta seca, así que la apuré de un trago; aunque estaba caliente y demasiado amarga, por lo que me dejó un mal sabor de boca. Me vi tentado a pedir otra, pero sabía que a Derian no le gustaba que nadie le hiciera esperar. Pagué mis consumiciones a Fred, el dueño del negocio, y tras abandonar la taberna caminé por la ciudad en medio de la bruma espesa que la noche arrancaba al Gran Océano, dándole a la isla un aspecto fantasmal y tenebroso. Un océano que, como ya os he contado, se gasta muy malas pulgas. Si el invierno te pilla en Ledaria, más vale que te vayas olvidando de pisar el continente en tres meses, pues en esa época del año, las olas golpean con tal fuerza las costas que siempre hay partes del muelle que han de reconstruirse. Incluso los barcos se sacan del mar a rastras y se dejan en las playas para evitar que sean devorados por su furia.

Vivir allí era un sinsentido en muchos aspectos, así que más de una vez me pregunté por qué demonios no se había largado todo el mundo para siempre. Supongo que el hecho de estar perdidos en medio de la nada hacía más fácil eso de ocultar tejemanejes de asesinos, y complicaba la llegada de cualquier visitante indeseado. No es que no hubiera pasado nunca. Como era lógico, en Ledaria aparecían de vez en cuando espías de otros reinos y ciudades. Claro que, si se les cazaba, volvían “nadando” a casa. De cualquier modo, en su carácter aislado quedaban todas sus ventajas: el clima es terrible, la comida siempre sabe salada, el agua escasea y la ciudad… de la ciudad casi ni me atrevo a hablar. No es como Ardacia y esas otras urbes del continente en las que todo reluce y donde hay arte, comercio, y colores por doquier. Si tuvieran que retratar Ledaria en un cuadro, lo harían en blanco y negro. Con un poco de rojo, claro, por eso de la sangre que tantas veces se derrama en sus ca­lles. Siendo la sede del Gremio de Asesinos y Ladrones no cabría esperar menos. Allí tiene su hogar gente de la peor calaña, habitando desiguales casas de adobe, colocadas sin orden ni concierto, entre caminos embarrados y llenos de excrementos.

Pese al dinero que los habitantes de la ciudad han sustraído en su vida, todo se encuentra en un punto entre la dejadez y la decadencia, de forma que parece que ni una sola alma tenga una moneda para arreglar su fachada. ¿Dónde se gastan entonces sus habitantes el dinero que roban a vivos y muertos? Evidentemente, en la taberna. Y ese debe de ser el motivo por el que aquel antro, aun con la perversión y embriaguez que destilan sus paredes, sea el más cercano de todos a la pulcritud. En definitiva, Ledaria es la letrina del mundo, y a ella va a parar todo lo que apesta.

Mientras caminaba por sus hediondas y embarradas calles, pensé en la misión. Era una de las mayores conspiraciones que Derian había trazado, sí, pero su magnitud no era lo que más llamaba mi atención. Él no hacía nada si no obtenía un beneficio y yo no lograba encontrar cuál era en aquella situación.

«¿Qué sacaría de la muerte de la princesa? ¿Qué ganaría Ledaria de una guerra entre dos reinos tan grandes?»

Tras analizar ambas cuestiones, esta vez sí que resoplé, y todo lo alto que pude, pues por más que lo pensaba nada que pudiera ser una causa objetiva venía a mi mente. Incluso llegué a pensar que fuera alguna clase de divertimento para Derian. Un pasatiempo. Nada que le reportase un beneficio a primera vista, pero de lo que quizás sí pudiera aprovecharse en un futuro. Vete tú a saber; Derian es el tío más retorcido del mundo. O tal vez…

Tal vez fuera una forma de cumplir esa vieja venganza contra Ardacia que se traía entre manos desde hacía tiempo y que tenía que ver con su mayor enemiga: una mujer llamada Iliana. La maestra del Gremio de Exploradores. Su historia y posterior debacle tuvieron comienzo treinta años atrás, y partieron de la estupidez de él y de la indiferencia de ella. Y a pesar de que así comienzan muchas historias de amor, apuesto a que pocas terminan tan mal como lo hizo esta. Y aunque hay algunos datos en ella que han podido ser exagerados o cambiados por el paso del tiempo y las lenguas afiladas, es una verdad indiscutible que el Gremio de Explo­radores es mucho más antiguo que el de Asesinos, ya que fueron ellos quienes descubrieron gran parte de Luara. Incluso la pútrida isla de Ledaria les debe su existencia en el mapa y también su nombre, dado por una planta venenosa que crece a montones en sus bosques. Los exploradores conocen bien la tierra, las plantas y los ríos. Son gente avezada y valiente, que se adentrarían sin pensar en la boca de un lobo con tal de examinar y catalogar su dentadura; gente que vive por y para el descubrimiento, pero que también tiene un hogar donde echar raíces: Knegara, una Ciudad-Estado rodeada de árboles, montañas, ríos y cascadas en las boscosas zonas del suroeste. Hermosa como ninguna, dicen.

Es curioso pensar que Derian nació allí y perteneció al Gremio de Exploradores desde su infancia. La historia de su vida está envuelta en leyendas, y pese a que muchas de ellas merecen ser contadas, me centraré en la que nos incumbe: la que lo convirtió en quien es ahora.

Todo empezó siendo él un muchacho joven y vivaz, dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de prosperar en el Gremio de Exploradores. Tampoco tenía que esforzarse mucho para ir escalando posiciones, pues sus habilidades superaban a las de la mayoría. Parecía haber nacido para ser explorador y para, algún día, dirigir el gremio. Ya pertenecía a la élite con tan solo dieciséis años, y fue a esa edad cuando se enamoró y su cabeza comenzó a llenarse de pájaros, como suele pasar en la mayoría de los casos cuando alguien se enamora. Como no podía ser de otra forma, la causante de sus suspiros era Iliana, y él, pese a estar prendado de ella, jamás se atrevió a decirle nada. El muchacho, tímido e inexperto, se limitaba a admirarla desde la distancia.

Un día, dos años más tarde, el rey de Ardacia convocó al Gremio de Exploradores en su palacio. Su por aquel entonces única hija había sido secuestrada y estaba siendo chantajeado. Ni sus mejores soldados daban con su paradero y la vida de la princesa estaba en peligro. Palas pensó en los exploradores y les pidió ayuda. Ellos rastrearían su pista y darían con ella. Su por entonces Maestro creyó que aquella misión les reportaría grandes ventajas y aceptó, poniendo en tal empresa todos sus recursos. Pero Palas no quería dejar el destino de su hija en manos de cualquiera y había llegado a sus oídos que entre ellos existía un muchacho llamado Derian que, aunque joven, ya parecía destacar entre el resto. Quiso hablar con él a solas para pedirle que se encargara de la misión.

«Todo guerrero al que he enviado ha muerto. He oído lo que dicen de ti, y creo que tú puedes ser mi esperanza. Te daré cuanto me pidas: posición, poder, riqueza. Cuanto desees», expuso Palas.

Sin embargo, Derian ya poseía tales cosas, pues sobresalía en el gremio por sus méritos, y al provenir de buena familia también tenía fortuna, así que le pidió la única cosa que anhelaba. Solicitó al monarca que mediara en su favor para obtener la mano de Iliana, pues él no creía tener valor para hacerlo.

«Sabio Palas. Vos que sois rey lograréis convencerla», propuso.

Este asintió a sus demandas, y le prometió que a su regreso su petición sería respondida de forma favorable. Mientras Derian partía en busca de la princesa, el rey se disponía a prepararlo todo para cumplir la promesa que había hecho al joven explorador. No obstante, a pesar de que intentó persuadir a Iliana y convencerla de mil formas distintas, falló. Ella dijo sentir lo mismo, aunque temía no ser más que un encaprichamiento para el explorador. Era tres años mayor que él y apelaba a la juventud del muchacho dando por hecho que su amor era algo pasajero. Debido a esto, Palas se vio en una difícil tesitura.

Si Derian conseguía liberar a su hija, él tendría que cumplir su promesa, o su honor sería puesto en tela de juicio. Y eso era algo que no podía permitirse alguien de su posición. Quizás parezca que el honor está sobrevalorado, que bien podría haberse excusado con él ante el incumplimiento de su promesa; después de todo Palas era el rey, y el chico un simple explorador. Pero la ciega defensa del honor, en este caso, prevaleció sobre cualquier otro juicio. Ante ese conflicto, el rey tuvo que recurrir a algo que estaba muy por encima de la propia humanidad: los Dioses. Palas solicitó ayuda a Emer, divinidad del Amor, y esta aceptó pidiendo a cambio cuanto se le antojó: un templo en su honor, miles de ofrendas, muchachos para adorarla, y joyas; muchas joyas. El rey y ella firmaron aquel pacto, pero cuando el explorador regresó con la princesa y la Diosa Emer puso sus ojos en él, se encaprichó de sus encantos y decidió que sería para ella. Debo decir que la belleza de la que era poseedor Derian en su juventud daba fe al hecho de que una Diosa pudiera enamorarse de él. Aunque también dicen que Emer se encapricha de casi todo aquel o aquella que ve.

Palas, creyendo que ella había cumplido con su parte del trato, convocó a Iliana y a Derian. A petición del rey, el joven se declaró en público a la exploradora, pero la reacción de ella no fue ni mucho menos la que ambos esperaban. Esta le dijo que era demasiado joven, que su amor era solo un capricho, y que en aquel momento no estaba preparada para una relación. Le pidió que desistiera en su empeño y después abandonó el palacio real. Aquello provocó una sarta de risotadas por parte de todos los presentes; nobles y exploradores a partes iguales. Sin embargo, hubo dos personas que no rieron en absoluto: el rey, cuyo exagerado gesto de sorpresa revelaba sin duda alguna que aquello no era lo que esperaba; y Derian, que estuvo con la mirada perdida en la nada durante un buen rato.

Cuando el muchacho reaccionó, algo en sus ojos había cambiado. Su rostro, que siempre mostraba un gesto amable, estaba contraído por una profunda ira que parecía emerger desde lo más profundo de su alma. Furioso, miró al rey, y sin mediar palabra corrió por el palacio en busca de la princesa que él mismo había rescatado. Enloquecido tras el rechazo de Iliana y la burla de tantos, degolló a la hija de Palas con su propia daga. Había buscado la forma de vengarse de un rey mentiroso y deshonesto, y la había encontrado. Sin embargo, lo que el joven desconocía era que el rey Palas era tan inocente como él mismo, siendo ambos juguetes en manos de una Diosa.

Antes de que la guardia pudiera dar con él, el joven huyó a través de bosques y mares durante todo un año, hasta llegar a las costas de Ledaria. Emer lo recibió en la isla con los brazos abiertos, decidida a obtener cuanto anhelaba. Buscaba gozar de su compañía día y noche, pero la locura de Derian lo llevó a toda clase de delirios, y la belleza entre las bellezas, aquella que podía hacer que cualquiera cayese a sus pies con un solo aleteo de pestañas, fue rechazada. Sí, tuvo los arrestos de hacer algo de lo que ningún otro mortal de Luara sería capaz: negarle a un Dios sus deseos. El explorador la maldijo a ella, a Iliana, a Palas, y a cualquiera que tuviera que ver con ellos; incluyendo a los exploradores y a gran parte de la civilización de Luara. Maldijo también todas las leyes conocidas y se prometió a sí mismo que acabaría con la vida de todos con la voracidad de un depredador.

Hizo de Ledaria su isla y poco a poco fundó allí su propia ciudad, ganándose el respeto de quienes eran como él: repudiados y fugitivos. En definitiva, gente corrompida de negro y pútrido corazón. Mas quien desafía a los Dioses ha de dormir con un ojo abierto. Y a punto estaba Emer de desatar su cólera sobre Ledaria, cuando otro Dios intercedió; porque solo una deidad puede salvarte de otra, dicen. Talión, hijo de Emer, y Señor del Odio y la Venganza, vio en Derian a su mayor discípulo y convenció a su madre de que le dejara en sus manos. Cuando ella aceptó, se convirtió en protector y benefactor de Ledaria, un lugar donde solo tendría cabida su doctrina.

A sus veintidós años, Derian terminó por fundar el Gremio, y aunque con el tiempo sus intereses fueron variando conforme a sus necesidades, jamás dejó de lado sus cuitas con ella. Y así nació el eterno odio entre él y la avezada Iliana y su Gremio de Exploradores; o como se les conoce por estas tierras, la pérfida Iliana y su recua de comehierbas. Un odio que por extensión dominaba todo cuanto él tocaba. Atendiendo a esta historia, la gente solía decir que Derian no había hecho otra cosa que asesinar y maltratar toda su vida. Pero se equivocaban. Lo hacía desde que conoció el amor, o mejor dicho, su propia y retorcida versión del mismo.

Evocar estos hechos me hizo creer con firmeza que ese era el motivo principal de la misión. Después de todo, él ya había asesinado a una de las hijas del rey años atrás. A decir verdad, y pensándolo con frialdad, si el sentido de mi vida girara en torno a una venganza personal, nada me complacería más que cumplirla por mí mismo.

Con aquel runrún en mi cabeza, llegué al burdel, pues en su última planta estaba la habitación desde la que Derian controlaba el gremio y la ciudad. Siempre me había parecido un sitio un tanto peculiar para un hombre como él, aunque quizá lo había elegido porque lo encontraba familiar, pues fue el primer edificio que se levantó en la isla. Había quien decía que vivía allí porque así tenía más a mano a quienes satisfarían, a diario y sin oposición alguna, sus caprichos. Pero creer eso era cometer un grave error. El hombre más poderoso de Ledaria no yacía jamás con dama alguna. No por­que se inclinase por la compañía masculina; él despreciaba el sexo en general y a las mujeres en particular. Quizá por eso eran pocas las que le servían como asesinas, y muchas las que lo hacían como esclavas. Aunque él culpaba de ello a su “adorada” Iliana, el único responsable de su odio era él mismo. En cualquier caso, ese hecho solo me dejaba una cosa clara: de todos los hombres de la isla, él era el único que no podía ser mi padre.

Entré al burdel y me topé con su decoración sobrecargada de sillones de tapicería roja, desgastada y sucia por el tiempo. Nela, la mujer que administraba los asuntos del negocio, me saludó con un gesto y siguió fumando de su pipa de agua, el nocivo entretenimiento con el que evadía su mente. Era una mujer vieja y apagada, con el pelo descuidado y un pomposo vestido carmesí de terciopelo que debió haber salido del cadáver de alguna noble asesinada. Puesto en ella era como dejar una flor sobre un montón de excrementos. Nela tenía un gusto excesivo por adornarse: se ponía varios collares, diademas, pulseras y, sobre todo, anillos. Llevaba todos los dedos llenos de vistosas y grandes sortijas desgastadas y mugrientas, porque su higiene dejaba mucho que desear. Acompañándola, repartidas por la estancia, estaban algunas de las compañeras y compañeros de trabajo de mi madre. Esperaban la llegada de algún cliente mientras hablaban, bebían o fumaban, hasta que llegase el momento de ganarse el pan de la única forma que les era posible. Esas personas no habían llegado allí por voluntad propia, la mayoría habían sido secuestradas o persuadidas mediante promesas de amor y riquezas; mientras que otras eran el modo de pago que algunas familias habían escogido para saldar las deudas que tenían con Derian.

Las saludé una a una por sus nombres; después de todo eran amigas íntimas de mi madre, además de brillantes competidoras. Ascendí hasta la planta superior, intentando obviar el continuo sonido de los gemidos y jadeos que llegaban desde las habitaciones. Tres plantas de sexo palpable bajo la buhardilla de un hombre que jamás había conocido los placeres carnales. Era cuanto menos irónico. Llamé con los nudillos a la habitación del Maestro y, en menos de dos segundos, una voz inexpresiva y pausada emergió del interior, invitándome a entrar. Abrí la puerta, que Derian jamás cerra­ba con llave. Al fin y al cabo, no tenía por qué: era tan respetado como idolatrado, y nadie en Ledaria se atrevería jamás a asesinar o a robar a su propio Dios.

La estancia era amplia y fría, de decoración exigua: una cama, un escritorio y unas cuantas sillas conformaban su único mobiliario. Derian la mantenía por costumbre en una perpetua penumbra. Siempre he pensado que debía tener una vista privilegiada. Lo busqué con la mirada y lo hallé junto al gran ventanal desde el cual controlaba la ciudad que se extendía a sus pies. Cuando me situé a unos pasos de él, su cabeza se giró del mismo modo que lo hace la de un búho: rápido y de una sola vez.

—Bienvenido, Málakor —me dijo. Sí, ese es mi nombre. Sin más pompa que tres sílabas y siete letras. Sin títulos, ni fórmulas de cortesía. Asentí a modo de saludo, que era lo que él esperaba.

—Has hablado con Roan, espero —comentó, y giró la cabeza hacia el ventanal, esta vez de forma lenta.

—Roan me ha... —Me interrumpí. Quería constatar que de forma inconsciente no me había referido a él como mi padre. Hacerlo era una cuestión de inercia que me podría salir muy cara. Decidí repetirlo una vez más—. Roan me ha hablado de mi misión.

Aunque no me estaba mirando directamente, sabía que podía ver mi reflejo en el cristal.

—¿Te ha dicho quién es tu objetivo?

—Una de las hijas del Rey Palas —contesté.

Hasta donde yo sabía, tenía tres. Podrían haber sido cuatro si el hombre que tenía frente a mí no hubiera degollado a una de ellas. Su cabeza se giró de nuevo y sus ojos penetraron en los míos como si intentara leer en mi alma.

—Élinor. —Derian dijo su nombre como si le repugnase—. Es la más joven de ellas. Tiene el cabello rubio y la piel aterciopelada, además de un gusto excesivo por el azul, por lo que es probable que la encuentres ataviada con algo de ese color.

Cuando pensaba que esa información era todo lo que iba a darme, y comenzaba a imaginarla a mi manera, añadió:

—Sin embargo, esta vez contamos con algo más que una descripción.

El Maestro del gremio dio dos pasos hasta posicionarse junto a su escritorio. De un pequeño cofre que había sobre la mesa extrajo un medallón, con una cadena de oro de la que pendía una esfera ovalada del mismo material. Presionó en uno de sus laterales y esta se abrió en dos, como un libro. Caminó hacia mí con paso lento pero decidido y, cuando estuvo a mi altura, lo alzó ante mi rostro. En su interior pude ver la imagen de una muchacha, pintada con sumo esmero. Las pinceladas recreaban cada detalle de su rostro con una destreza impresionante. Sus mejillas y sus labios estaban sonrosados, y en sus párpados, coloreados por un tono azul, podían incluso adivinarse los pliegues naturales de la piel. Imaginé que se trataba de la propia Élinor. Derian me lo tendió, esperando que lo cogiera. Lo hice al instante, para cerrarlo después y guardarlo en uno de mis bolsillos.

—Un barco te esperará en el puerto mañana al amanecer. Allí un hombre te dará un mapa de la ciudad; así como los planos del castillo de Ardacia, el sello real de Tradesios y una bolsa con unas cuantas monedas de plata —informó—. Seguro que sabrás apañarte con el resto. No quiero fallos —me advirtió, con voz tajante.

Su orden encerraba más significado del que yo mismo me atrevía a imaginar en aquel momento. Asentí sin dudarlo, y tal como él me indicó con un gesto de cabeza, salí de la estancia. Bajé las escaleras y llegué hasta mi dormitorio. Derian y yo compartíamos espacio en aquel burdel: eso era lo único que teníamos en común.

Después de prepararme para el viaje, tendido ya en el raído catre que tenía por cama, una cuestión asaltó mi mente. Tal vez durante años había tenido la posibilidad de enmascarar el verdadero resultado de mis misiones en el gremio, pero esta vez era distinto.

«¿Cómo iba a simular la muerte de una princesa?»

Mi subconsciente me dio la respuesta: tendría que matarla quisiera o no. Aunque eso provocara en mí toda clase de reparos, sabía que era mi vida o la de ella. O lo que era más, su vida o la de mi madre. Y en aquellos términos, yo sabía muy bien qué elegir. Como ya he dicho, era cuestión de supervivencia


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